miércoles

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Taller 2013





Durante el transcurso del año 2013 el taller se ha realizado en la Escuela Primaria N° 9 de Victoria San Fernando utilizando la misma metodología. Es una propuesta que nace desde el Equipo de Orientación Escolar con el apoyo del Equipo Directivo y el plantel docente.







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Taller 2015 EPN° 6 - San Fernando


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2016 -Experiencia en el E.D.I.A.

El E.D.I.A. es el Equipo Distrital de Infancia y Adolescencia es un equipo del área de Psicología que interviene en general en situaciones de emergencia o dando un apoyo a los equipos de cada escuela. En esta oportunidad acompañé a dos muy buenos profesionales como son Fabio y Fernando que no son solo buenos por su preparación sino por atreverse a intentar practicas alternativas en espacios muy estructurados en donde lo lúdico termina siendo transgresor. En esta oportunidad me toco hacer un registro de una actividad y me parece que valió la pena observar.

Secundaria N° 15. Villa Jardín. San Fernando

Fabio
Fernando
Ricardo.


 Entramos al aula, saludamos  y nos sentamos en distintos lugares. Fabio pregunta si tienen ganas de jugar y algunos tímidamente contestan que sí. Al sentarme tengo un cuaderno en mis manos y aclaro que voy a tomar registro de lo que sucede, que no se trata de un examen. ¡Es un examen a nosotros! dice Fernando, se ríe y quizás marque un tema que atravesará todo el encuentro: la mirada de los otros.

Sin mucho preámbulo nos dirigimos al salón de usos múltiples o salón de actos y comedor compartido con la escuela primaria. Las mujeres tienden a sentarse en las sillas y los varones se mantienen parados esperando indicaciones.
 Los Coordinadores (Fernando y Fabio) sostiene las sogas de los extremos.  Fabio explica el juego llamado “El Muro”.

El juego consiste en que un grupo debe atravesar un muro imaginario construido con una soga colocada a una altura lo suficientemente alta como para no saltarla a simple intento y tampoco tan alta para que no sea imposible. Los jóvenes deberán construir estrategias para saltar la soga sin tocarla.

Al ingresar las auxiliares de la cocina salen a mirar de qué se trata con mescla de asombro y desconfianza. Los chicos vociferan y se sientan en una mesa rota, se cae.
Un grupo de varones utilizan otra de las mesas y la acercan a la soga, se suben a la mesa. La soga todavía esta alta y no hay modo de apoyarse en nada para tomar impulso. Uno de ellos salta sin tocarla y todos aplauden. Así pasan dos y uno cae al piso con el impulso.

Solo quedan dos varones del otro lado de la soga y uno de ellos dice que está golpeado en la pierna ya que juega al rugby.
Me encuentro sentado en una mesa amplia y una docente de la escuela primaria se acerca con gestos de enojo hacía mí. Me pregunta si soy docente. ¿Tienen que utilizar las mesas de esa forma? Arremete como un reto.
-Estamos utilizando los recursos que tenemos!.... le contesto y la misma se retira indignada.
A uno se le ocurre levantar en brazos a otro como estrategia para cruzar la soga y todos se ríen, aunque da resultados y varios pasan “el muro” como bebes a upa.
El juego tiene como varios micromundos moviéndose al mismo tiempo: los de la soga;  preocupados por encontrar una estrategia, los que ya pasaron y los que no se animan todavía que son motivados por estos primeros. En su mayoría son las chicas las que no se animaron todavía y se produce como un juego de seducción de los varones que se acercan a convencerlas. Ellas están sentadas y la escena es semejante a la de un baile antiguo en donde los hombres se acercan a invitarlas y ellas haciendo muecas con la cabeza  dicen que no.

Otros “envalentonados” vuelven a saltar el muro y ya son un “derrroche de optimismo”. Los coordinadores piden a todos que insistan a los que todavía no saltaron y el griterío se apodera del momento.

Fabio y Fernando bajan un poco la soga, las chicas aceptan la galantería y saltan de a una. Un varón llamado Francisco no quiere pasar y no esta dispuesto por ninguna razón. Sus compañeros dejan de insistir porque sus gestos marcan el límite a todos y como si fuera un código o acuerdo nadie está dispuesto a obligar a nadie a jugar.
Sin embargo cuando la atención vuelve a la soga Francisco se decide a saltar y el juego termina.

 Los chicos están agitados moviéndose como sin saber dónde ubicarse como si el espacio de todos los días se hiciera desconocido de repente.
Fabio va armando dos grupos de chicos mixtos sin describir el próximo juego y todos miramos ese armado de cuerpos moviéndose esperando indicaciones. De a poco una “Cinchada” va tomando forma y ya no hay nada que explicar sino más bien prepararse para hacer fuerza.

Fernando que se cola en el medio de la soga para marcar el avances y retrocesos de cada grupo. Todos comienzan a tirar y las caras se ponen serias: la combinación de competencia y fuerza física crean un clima de clara competencia. Nadie quiere perder y menos por débil.

La soga y los dos grupos se bambolean de un lado a otro y Fernando como un agente de tránsito marca con su mano a dónde es el límite de la soga. Fabio va incorporando a los nuevos que se animan para el lado más flojo. Saca de un lado y pone en el otro; hay algo que se va armando y algo que se va desarmando. Lo que se arma todavía no está claro pero lo que se desarma claramente es que ya no se puede discriminar entre un “ellos” y un “nosotros”. Ahora todos se mesclaron y el objetivo primario de ganarle a “ellos” le dio lugar a sumar fuerza donde te toque estar.

Los dos únicos que eligieron quedarse afuera no sabían a quien alentar porque tenía amigos de los dos lados. Finalmente un lado cede, hay un grupo ganador, termina el juego.

Hay entusiasmo en el gran salón y los alumnos de tercero se hacen escuchar a cuanto auxiliar y docente que circule por allí.
Fabio pregunta si quieren seguir jugando y todos contestan que sí.
Parado enfrente de todos va explicando cómo jugar al “Capanga”. Un juego que se trata de un personaje que solicitará distintos objetos de difícil ubicación y el grupo que los traiga primero será el ganador.

El primer paso es el de armar grupos. En ese momento ingresa al salón el Director de la escuela advertido por la vicedirectora de la escuela primaria sobre disturbios en el lugar y mal uso de las mesas y sillas.
El Director lejos de llamarnos la atención se suma al juego ayudando al armado de equipos mixtos.

El Capanga pide: algo de color rojo y con la condición que los que lo traigan lleguen abrazados.

Dos varones se acercan con una zapatilla en las manos abrazados y saltando ya que uno de ellos estaba descalzo.
Uno que se queda afuera dice: ¡Que trucho este juego!
El “Capanga” pide una toallita higiénica femenina y todos se miran como escuchando una misión imposible. Entonces el Director cual si fuera un niño de diez años sale corriendo del salón y recorre media escuela en pos de una misión que por su desesperación, todos podrían asegurar que se juega el cargo. El que dijo que el juego era trucho es el primero en pararse en la puerta para ver la corrida del Director. A los minutos vuelve triunfante con la toallita que nadie se animó a preguntar de donde la sacó. Punto para su grupo.
El “Capanga” pide un reloj y en la era de los celulares nadie pudo encontrar uno.
El “Capanga” dice que todos tienen que gritar ¡Somos locos! Abrazados en un círculo.
El salón se convierte en un griterío de repente. Hasta que el “Capanga” pide una demostración de afecto: un abrazo caracol. Entonces se abrazan con un brazo y con el otro incorporan a otro/a para luego cerrarse en sí mismo. ¡Falta más gente! grita un chico y casi todos forman parte del juego.

El juego terminan y los coordinadores invitan a un aplauso mientras un perro que entro al salón le hace fiesta con la cola.

Entonces la intervención del EDIA culmina para tranquilidad de algunos y el entusiasmo de otros. Los aspectos interesantes de la actividad no solo ocurrieron con los jóvenes/niños sino con los adultos que sintieron invadidos sus espacios y las lógicas en las cuales se mueven en esos espacios. Demasiado transgresor resulta en la estructura escolar rígida como para andar sacudiendo los cuerpos solo para jugar, eso incomoda. Lo aceptado esta encarnado en personas concretas que vieron en esos minutos cuestionar sus modelos de autoridad. “No hay respeto” dijo alguno y por suerte no lo hubo a ciertos paradigmas y concepciones de la educación que impiden usar una mesa para jugar. Los curiosos, los incómodos, los escandalizados, los ofendidos son muchos de los que reclaman la ayuda de profesionales externos para los  problemas con sus alumnos. Pero a la hora de actividades concretas ya no les gusta tanto, generalmente el EDIA lleva cosas que no les gusta, que no han pedido, que van en contra de sus convicciones, que los interpela, que los expone demasiado. El EDIA entra al trabajo con los pibes por los lugares incómodos que los demás no quieren o no creen, suele entrar al acto educativo por ciertos lugares simples pero transgresores, sacudiendo cierta modorra y transgrediendo ciertas normas que todavía no se sabe dónde están escritas. Al EDIA todos le abren la puerta pero como a un niño más le gusta entrar por la ventana.

…entrar a la casa por la ventana y no por la puerta
por una puerta se entra a muchos sitios
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo, pero no al mundo,
ni a una mujer, ni al alma….

J.Gelman

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Acabando las clases


(Crónicas de fin del ciclo lectivo en una escuela secundaria)


Viernes 25 de Noviembre 10 hs. Es el último día de clases en la escuela secundaria, la semana entrante comenzarán las clases de orientación y después los exámenes. Hoy se termina de cerrar notas y los grupos están juntos por última vez en el año.

Todo está saliendo como lo dece el calendario escolar hasta que de pronto un sonido de redoblante invade el espacio como un sacrilegio. Un grabador encendido con una cumbia, alguien que baila, gritos, risas. Un bullicio que va asomando lento pero firme en el ambiente. Ya no hay profesores en el patio cerrando notas. Algunos aprobaron, otros no, no importa, es el final de las cursadas, mañana será otra cosa y hoy hay que festejar.
Un bombo de murga, ensaya ruidoso en un aula que amplifica su sonido hasta llegar a la puerta de la directora de la escuela primaria (está al lado) que vendrá en unos minutos a pedir explicaciones por semejante escándalo. El bombo sale a escena lento, como desfilando, llevado por un alumno flaco y de lentes. Se lo ve contento portando el instrumento gordo y redondo en un autentico desfile personal. “Está feliz” dice la Directora que lo mira a la distancia con un ojo de madre. Desde el primer piso alguien tira agua, con un botellita de gaseosa, salpicando a varios desprevenidos que corren sin dirección.

Quizás “ser salpicado o no” será lo que determine las conductas de todos en los próximos treinta o cuarenta minutos que separan este momento con el de la salida. Los jóvenes de todos los cursos aumentaron el volumen de su festejo tradicional y el bombo con redoblante hace más ruido que una murga con Rey Momo incluido. A eso hay que sumarle el despliegue de botellas con agua que empiezan a dejar pequeños charcos en todo el patio. Muchos docentes se van solo para preservarse. Incluso las preceptoras de turno que no entienden tanta “permisividad” y amenazan con realizar una denuncia si alguien las toca o les tira agua. Actitud suficiente para marcar el paradigma desde donde los adultos habitan el espacio escolar: el otro es un riesgo y que hay que temer.
Los pibes se ríen y corren. La alegría desborda y propone un escenario que si sucediera en otro lado hasta provocaría simpatía colectiva. Pero está sucediendo en la escuela que cual iglesia ortodoxa ve avasallada sus valores y como cualquier vieja amargada del barrio se esconde escandalizada por ese liquido maldito que empapa, moja y chorrea con adjetivos que podrían encontrarse en cualquier cuento erótico.

Dos alumnos han cargado dos baldes con agua y ya la cosa se va pareciendo a un carnaval. Hay dos chicas mojadas de pies a cabeza  y el Equipo Orientador con la directora observan el festejo tratando de que nadie se pase de ese límite de dañar al otro o a sí mismo en el que suelen transitar los adolescentes.

La mayoría de los adultos (docentes y preceptores) no están presentes y la cosa parece un boicot a lo que entienden como “excesos”, “falta de respeto” o “demasiada permisividad”. Para colmo uno de los baldazos van a parar a una planilla confeccionada por las preceptoras y todos gritan Nooo!!!!!…ante la ola de este tsunami simbólico que no perdona vidas. Un silencio invade el momento y la planilla tiene el valor de una obra de arte arruinada en un contexto de pibes “cebados” y adultos casi aterrorizados.  Los que estamos vamos atrás de los baldes y cortamos el circuito de agua para que no pase a mayores, un auxiliar le señala a la directora un aula mojada y se esconde en el munúsculo cuartito de limpieza. Los pibes gritan y ríen en su propio festejo, ajenos a los temores de los adultos. Dos chicas empapadas bailan en el medio del patio y  para cierta mirada es una provocación. Son dos mujeres mojadas, gritando y riendo en una escuela. La ropa se les pega al cuerpo y sus formas atraen a unos y espantan a otros. ¿Quién está permitiendo semejante cosa???? Parece decir un docente que pasa esquivando los charcos y se va sin saludar. Muchos adultos no quieren ser salpicados por tanto “desorden”, “falta de respeto”, “desubicación”, “inmoralidad” y como en un momento de paranoia pura nadie parece percibir algo: es solo agua.

La simbología del agua nos remitirá a lo que dicen los manuales más básicos de la psicología. Pero ver los propios miedos no es una virtud que se tenga por estos lados pero sin embargo los jóvenes siempre accionan, transgreden, desafían…viven. Eso asusta a más de uno. Son ellos los que nos refriegan en la cara nuestra propia adolescencia con sus debes y sus haberes, con lo que pudimos y lo que no pudimos hacer, lo que nos animamos y lo que no nos animamos. Los portadores más claros de lo que hemos perdido o reprimido: juventud, energía, vitalidad, rebeldía, sexo.
La idea que escuela está para contener está bien cuando se trata de las angustias y  de las necesidades; pero a veces entendemos el termino contener como un tapón a presión que no tiene que permitir dejar salir cosas. Pero la presión de ser joven es muy fuerte y sale a borbotones siempre.

Lo que los pibes desbordan es sus ganas de vivir, de sentir, de gritar, de mostrar su deseo no de esconderlos. No desbordan solo indisciplina y desparraman agua. Desbordan su sexualidad y la exhiben en el espacio en que estén para encontrarse con sus pares. Gustar y ser gustado es la consigna principal de sus actos que el adulto asustado y avergonzado no puede, la mayoría de las veces decodificar.

   El momento de llena de una tensión innecesaria para los que tenían que cuidar y acompañar también en la transgresión. Los pibes se seguían desplegando a puro bombo y con música que por mi desfasaje generacional no puedo distinguir el ritmo. La Orientadora Educacional se ha venido con un vestido floreado que parece  para la ocasión y al pasar por al lado de un grupo uno se para y la saca a bailar. Ella baila, sonríe y algunos aplauden no solo sus cualidades como bailarina sino también por haber aceptado el convite y pasar de ser una del personal de seguridad a una persona de carne y hueso capaz de divertirse aunque sea un momento dentro de una escuela. La fiesta espontanea  no tienen lugar en la escuela y ellos lo saben.

Otro alumno saca a bailar a la Directora y ya son dos invitadas que se contonean ante los gritos de sus alumnos. Nadie escribirá nada en sus cuadernos de actuación, sobre este momento, pero quedará en la retina de aquellos pibes que alguna vez dos docentes construyeron un pequeño puente distinto hacia ellos.

Esta por tocar el timbre y el bombo se va callando. La música se apaga, cada uno toma su mochila, de a poco van encarando para la puerta de salida. La función terminó. El auxiliar seca rápido el piso esquivando pibes como si quisiera borrar las evidencias de un crimen.

Pero no hubo heridos, ni peleas, ni pintura, ni harina, ni barro, ni huevos. Si hubo mucha paranoia, mucho miedo a lo que podía pasar y no pasó. Nunca hubo demasiado indicio de que algo grave podía pasar, pero se vive en las escuelas con temor a que algo grave puede pasar en cualquier momento. La apología de la “responsabilidad civil” es como una de las 7 plagas que vendrá y no distinguirá ni justos ni pecadores. Hay que estar precavido a cualquier posible bomba que nos alcance con una esquirla, aunque la mayoría de la veces son solo bombas de agua que las vemos venir ya con el paraguas abierto.

La culminación del año escolar tiene estas cosas y lo que sucede adentro se distancia cada vez más de lo que pasa afuera. La escuela vive en esa paradoja de estar inundada de objetos de la modernidad (Celulares, computadoras, wifi, routers, etc, etc) y girar en torno a dinámicas y lógicas casi medievales.

Está lleno de “acá no se puede” (sobre todo las fiestas espontaneas) y los cuerpos andan encorsetados tratando de controlar que todo no se salga de su cauce. Pero el rio de la juventud desborda y el agua se sale mojando lo que encuentra.
Quizás nos queda a los adultos pensar qué nos pasan con estas cosas: la alegría, la fiesta, los cuerpos, la sexualidad. Pero por ahora la escuela como lugar está lejos de pensar dentro de qué paradigmas actúa. Por ahora cuando la alegría se junta con la transgresión y la rebeldía no son comprendidas ni bienvenidas por acá. Y los contenidos que forman a los pibes (y los que nos formaron a nosotros) están lejos de educar para la libertad.

R.H.